En la hora que precede al sueño eterno.
Cerrando con la paz y el estiércol el ciclo de la vida.
¿Me vencerá el miedo?
Esa sin razón que confunde los sentidos.
¿Seré junco sereno, ligero y silencioso
navegando en el río de lo infinito?
Entre tanto desasosiegos que queman las entrañas
de mi cuerpo, se suceden,
sin un orden previamente determinado,
imágenes y hechos deformes;
espejismos monótonos en un mundo
deshumanizado y cruel.
A veces, algunas veces,
las preguntas y respuestas se mezclan
convirtiéndose en armas arrojadizas que chocan,
suenan y resuenan huecas e inertes en el cristal invisible
del tiempo inocuo y vacío en que fueron formuladas.
La adrenalina fustiga incontrolada, cual látigo eléctrico,
las neuronas de mi cansado cerebro y siento ser:
Bocanada de aire ahogada en la garganta de un nonato.
Veleta oxidada y herrumbrosa sin una orientación fija.
La pincelada enésima dentro de un cuadro inanimado.
Libre, siendo la libertad una ciénaga de arenas movedizas.
Y me hundo.
Sin existir existimos,
sufrimos un proceso metamórfico,
la vida.
Sin ser somos,
entramos a formar parte del cosmos,
pura energía.
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