Retroceder en el ciclo vital
que nos arrastra al sueño eterno.
Devorar con voraz apetito los vacíos
en despistes consumidos.
Amarrar el crepúsculo y la aurora
en un conjuro prohibido.
Acariciar las gotas transparentes del rocío
mientras dormitan en su lecho de musgo.
Dar como pasado lo no sido asumiendo
que el presente-futuro es un indefinido.
Apelar al alma, ente etéreo e impreciso,
para escapar de la tragicomedia en que vivimos.
Fundirse en la noche con su manto negro
y ahuyentar los miedos en nosotros mismos.
Aceptar que el tren en que viajamos,
sin parada definida, no tiene vía de regreso.
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