Se me escurrió mi alma entumecida,
de entre mis dedos mustios y acartonados,
al ver en las pupilas de tus ojos
dos gotas de rocío enamoradas
suicidándose ante su soledad,
resbalando por tus trémulas mejillas
huérfanas del candor de nuestros corazones.
No comprendí, abstraído y absorto
en mi histérica y alocada cordura
lo que ahora si entiendo.
Eran las últimas gotas del néctar de tus ojos
que yo con los míos contemplaría
y nunca jamás ninguna haría mía.
El tiempo con su monótona apatía
sigue su eterno deambular sin pausa,
inmune, imperturbable e inalterable
a nuestro fijo e inamovible destino
mofándose ante tantos miedos retenidos.
Y éste marchito, tembloroso y cobarde
corazón mío, aprendiz de poeta,
atrapado en su narcisista mundo
lleno de melancolía, soledad y silencio,
llorará eternamente su vil osadía.
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