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jueves, 9 de octubre de 2008

¡En un suspiro!

Cuanto dolor, ahogado en su afligido pecho,
en una nada nunca rota por llanto alguno;
pero si herido el corazón de un soplo,
ella que fue una espiga mimada por el sol.

La envidiosa suerte tronchó su talle y partido en dos
quedó en un mortal y sepulcral silencio.
Las promesas y juramentos barridos por el viento.
Los secretos y ensoñaciones congelados en el tiempo.

La que todo lo dio y nada a cambio pidió,
afronta sola en su retiro su árido destino;
ni un suspiro, sus nonatas lágrimas se secaron
en las áridas cuencas de unos ojos en desvarío.

Enclaustrada y encerrada en su guarida vacía.
Lleva en su regazo viejas cartas manuscritas,
todas ellas repletas de bonitas poesías de amor,
hablan de una era desgajada, descompuesta y
desmembrada por el mismo sol que tanto la mimó.

Confundida y atrapada entre dos mundos paralelos,
donde todo se funde y confunde en un banal suspiro,
en esa línea imaginaria, que cual grieta atemporal,
divide lo sido y nunca probado del deseo y lo prohibido.


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