En el calor del asfalto
te encontré,
desvalido y moribundo,
cruzaban los treinta grados,
pleno mes de julio.
La incertidumbre me cegó
y a un árbol encomendé tu destino.
Ayer pasé por allí
y al acercarme comprendí
el error cometido.
Tu cuerpo estaba inerte,
mi corazón quedó partido.
El ayer, ¿por qué fue ayer?
El hoy, ¿por qué no ha sido?
El mañana, ¿qué será?
¡Designios del destino!
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