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jueves, 20 de octubre de 2011

¡Tú!

Me escupes a la cara un rotundo ¡No!
Mientras tus labios dibujan un ¡Si!
Esos labios ardientes que esperan ansiosos,
en desesperada espera, el néctar de los míos.

Y tus ojos, cual agujeros negros infinitos,
taladran sin compasión el iris de los míos.
Mientras tu cuerpo, cual utopía inalcanzable,
se pavonea orgulloso y altivo en su juncal.

No mereces ni tan siquiera pensamiento fugaz,
de ti, en el eterno errar de éste pobre caminante.
En sus sueños se consumen las ascuas de una hoguera,
nunca encendida por fuego y candor de cuerpo alguno.

Quien se hace castillos con naipes en el aire
y deja rendijas por las que se pueda colar el viento;
es como el que sueña despierto,
entre miles de espejismos, en un desierto.

El ayer ya pasó consumido por el impasible tiempo,
el hoy se desvanece entre suspiros y lamentos
y el mañana se despierta perezoso y semidormido
entre las coloreadas sábanas de una aurora boreal.

¡Cada instante de ésta vida es solo tuyo! ¡Devóralo! 


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