Una
parte de mi, llena de verdades, mentiras y otros menesteres.
Defectos, virtudes, palabra, ésta ultima dicha, que deseché tiempo ha,
cuando
rompí promesas una y mil veces dadas, incumplidas y partidas.
Ahora
convertidas en dardos venenosos en manos de mi conciencia.
No
hay mejor juez ni verdugo, ni ciencia que la propia conciencia
armada
de una ballesta con su carcaj lleno de saetas certeras y letales.
Pero
para ello hay que nacer con un buen acopio de ella y sus virtudes
por
que si no es así nos convertimos en fieras salvajes voraces y crueles.
Banqueros,
políticos, monárquicos, dirigentes religiosos, mafiosos y otros.
Por
supuesto también, no cabe duda, todos sus seguidores beatos o
súbditos
y
demás individuos de índoles tan variopintas como estrellas hay en
el cosmos.
¡Quien
esté libre de pecado que tire la primera piedra! ¡Miles de ellas
lloverían!
Se
supone que nacemos puros e inocentes, cual la propia conciencia,
el
batallar diario, cotidianeidad del ser y estar de cada ser humano,
va
forjando nuestra manera de comportarnos en todo lo que hacemos
y
hay veces que el mismo camino nos convierte en según qué tipo de
peregrinos.
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