Me
estremezco, en una noche húmeda y fría de primavera valenciana,
la
luna llena testigo mudo es de mis desasosiegos y anhelos de toda tú;
sentir
el perfume de tu ser cabalgando a horcajadas sobre el lomo del
viento,
cual
corcel desbocado sin bridas, un punto fijo, ni rumbo, ni horizonte.
Y
verte pasar, como rayo fugaz en una tormenta, y escuchar a lo lejos
el trueno;
al
tiempo saber que ya te fuiste, sentir en mi rostro las gotas de lluvia
caer
y
dar gracias al cielo, pues ellas disimulan mis lágrimas en silencio
resbalar
rendidas
y faltas de candor humano por mis gélidas y sonrosadas mejillas.
Recordar, con alegría contenida, como el mar Mediterráneo envidiaba nuestro reír,
dos
cuerpos que se apoyan mutuamente el uno sobre el otro y el otro sobre
uno.
Con
sus olas al dejarlas morir a nuestros pies nos pedía en silenciosa
agonía
ser
participe de esa intimidad y complicidad que nos embargaba en cuerpo
y alma.
La
cruel realidad me devuelve a un presente imperfecto lleno de su quehacer cotidiano
y
parece que todo lo anteriormente descrito nos lleva a un tiempo muy
lejano;
tan
solo fue el ayer, en un punto indefinido de una memoria exánime y exhausta,
más
cercano en el tiempo de lo que nadie nunca pudiera imaginar.
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