Y desde un punto indefinido
entre el suelo y el cielo,
con un pausar arrítmico y atemporal
yo abajo, a lo lejos, los diviso a ellos.
Van rociando al mar mis cenizas
y cual hormigas en un hormiguero
se mueven con un autómata ritual
atados a los yugos de su propio ego.
Y sus rostros y sus mentes en contrición
denotan por mí dolor y resignación,
ajenos al verdadero sentido
del ser y estar del universo.
Y si la suerte en una mera afonía de la vida,
donde el sino solo es el camino al infinito,
en esa prisión de neuronas, carne y huesos.
¡A qué tanto teatro en ésta despedida!
Y es que por mucho que se empeñen
en dejar en su terrenal y banal mundo
un retoño como símbolo de su efímero paso,
solo dejan la carnaza de la muerte.
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