Siento que mi pecho
aprisiona mis pulmones, el aire se enrancia, espesa,
se hace negro,
irrespirable y oscurece todo mi entorno, me desvanezco.
Un hilillo de jugos agrios
e in concretos surgen por la comisura de mi boca
resbalan por mis labios y
forman un charco de un color indescriptible en el suelo.
Un sudor frío surca mi
frente formando infinidad de riachuelos que discurren
en un sin fin de
direcciones, géiser surgiendo en erupción por los poros de mi
piel.
Convulsiones en
atropellada agonía se unen a tan atroz e inesperada situación,
convirtiéndome por unos
instantes en una marioneta a manos de ¿quien?
Nada que ver con el
concepto, mí propio, de como se funde la vida con la muerte,
en un nudo imposible de
deshacer, sabedor de que ya no queda tiempo para nada.
El aroma de las flores,
los millones de sonidos de nuestra creadora en constante movimiento,
acariciándonos con el
cariño desinteresado de una madre que sabe de dolores y perdidas.
Todas las cosas que nunca
te dije, ni los sueños que juntos imaginábamos tan reales,
caricias, dos cuerpos
fundidos en un solo ser, sensaciones tan cercanas y alejadas a su
vez.
La mente ya no me deja ni
un momento para recrearme con nuestras vivencias y recuerdos;
todo se aleja, se difumina
y fusiona con la nada, pero no me llevo la maleta vacía.
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