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martes, 8 de octubre de 2013

Con un ¡Adiós! un ¡Hasta siempre!

Siento que mi pecho aprisiona mis pulmones, el aire se enrancia, espesa,
se hace negro, irrespirable y oscurece todo mi entorno, me desvanezco.
Un hilillo de jugos agrios e in concretos surgen por la comisura de mi boca
resbalan por mis labios y forman un charco de un color indescriptible en el suelo.

Un sudor frío surca mi frente formando infinidad de riachuelos que discurren
en un sin fin de direcciones, géiser surgiendo en erupción por los poros de mi piel.
Convulsiones en atropellada agonía se unen a tan atroz e inesperada situación,
convirtiéndome por unos instantes en una marioneta a manos de ¿quien?

Nada que ver con el concepto, mí propio, de como se funde la vida con la muerte,
en un nudo imposible de deshacer, sabedor de que ya no queda tiempo para nada.
El aroma de las flores, los millones de sonidos de nuestra creadora en constante movimiento,
acariciándonos con el cariño desinteresado de una madre que sabe de dolores y perdidas.

Todas las cosas que nunca te dije, ni los sueños que juntos imaginábamos tan reales,
caricias, dos cuerpos fundidos en un solo ser, sensaciones tan cercanas y alejadas a su vez.
La mente ya no me deja ni un momento para recrearme con nuestras vivencias y recuerdos;
todo se aleja, se difumina y fusiona con la nada, pero no me llevo la maleta vacía.

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