Todo el tiempo del mundo, como todos los demás seres vivos de su planeta.
Pero no quiere asumir que ese -todo el tiempo del mundo- es limitado.
Infinidad de sueños, no natos, esperando ansiosos algún día ver la luz;
para la mayoría de ellos, sus entrañas ya son de hecho su mortaja finita.
Los mismos defectos de fabricación que el resto de sus congéneres,
no ve más allá de lo que sus narcisistas creencias le permiten abarcar.
Y se mira en el temporal espejo artificial y deforme de sus subconsciente,
como la mayoría de ellos, cometiendo a su vez los mismos errores.
La seguridad atontada del que cree que va a ser eterno su mundanal reino.
En la vida unos vienen y otros se van, pero ella en el camino nunca se entretiene.
No quiere comprender que el futuro es el presente en un constante deambular
y las estrellas, las guías silenciosas que nos esperan en nuestro limitado errar hacia el más allá.
El aire está cargado de silencios apagados, escondite perfecto de la mente
y ésta a su vez cubículo excelentemente acondicionado para la intransigente muerte.
La tarde se viste de grises apagados y una atmósfera enrarecida lo envuelve todo,
la segadora de esos ensueños y utopías se despereza en su eterno lecho, a la espera.
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