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martes, 19 de marzo de 2013

Ser anónimo

Una simple, no demasiado profunda, cueva era su refugio.
Camastro de paja, sobre una losa de fría roca sin más su lecho.
Un viejo arcón de madera, lleno de recuerdos agridulces sus enseres.
Cuya tapa su vez hacía de mesa, con una vela, una pluma y un tintero.

El resto de tan humilde guarida se componía de la propia caverna.
Tan desnuda en todo su contexto y contenido como su mismo huésped.
Unas pinturas rupestres en el techo y paredes, restos de otrora época,
le recordaba lo efímera y fugaz que es la vida, galimatías de la muerte.

Cuantas batallas, guerras sin sentido, avatares en el tiempo marcados
en sus carnes ya marchitas, mejillas en carne viva, una y mil veces partidas.
Cicatrices desdibujadas en el tiempo, cual tatuajes abstractos, en ellas reflejados
y un sin fin de interrogantes, cual alfileres de muñeco de vudú en sus neuronas clavados.

Todo el firmamento, con sus estrellas, cometas y demás malabaristas y acróbatas,
prosiguen su ritual cotidiano tan viejo como el propio cosmos y su creación,
ajenos a las vicisitudes de cualquier ser orgánico o no y sus posibles destinos.
Caminamos en una senda invisible, llena de trampas, que se forja en el día a día.

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