Una simple,
no demasiado profunda, cueva era su refugio.
Camastro de
paja, sobre una losa de fría roca sin más su lecho.
Un viejo
arcón de madera, lleno de recuerdos agridulces sus enseres.
Cuya tapa su
vez hacía de mesa, con una vela, una pluma y un tintero.
El resto de
tan humilde guarida se componía de la propia caverna.
Tan desnuda
en todo su contexto y contenido como su mismo huésped.
Unas pinturas
rupestres en el techo y paredes, restos de otrora época,
le recordaba
lo efímera y fugaz que es la vida, galimatías de la muerte.
Cuantas
batallas, guerras sin sentido, avatares en el tiempo marcados
en sus carnes
ya marchitas, mejillas en carne viva, una y mil veces partidas.
Cicatrices
desdibujadas en el tiempo, cual tatuajes abstractos, en ellas
reflejados
y un sin fin
de interrogantes, cual alfileres de muñeco de vudú en sus neuronas
clavados.
Todo el
firmamento, con sus estrellas, cometas y demás malabaristas y
acróbatas,
prosiguen su
ritual cotidiano tan viejo como el propio cosmos y su creación,
ajenos
a las vicisitudes
de cualquier ser orgánico o no y sus posibles destinos.
Caminamos
en una senda invisible, llena de trampas, que se forja en el día a
día.
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