Me dijo el eco de su voz
que ella nunca más sería mía.
Su sentir, sus pensamientos, su aliento
y esos, sus besos de oro y miel.
Estoy en la eterna encrucijada,
cuando la duda despierta
para avivar la herida;
con la incertidumbre de ese mañana.
Borrosas nubes se precipitan
en el desfiladero del tiempo
y entre sus manos llevan ese mudo amor,
cómplice de la soledad y el silencio.
Me bastaba con tenerla en mi mente,
para no sentirla ausente,
Ahora ya no me sirven esas tretas
para retenerla cerca.
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