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jueves, 3 de junio de 2010

Ayer

Se me escurrió mi alma entumecida
de entre,
mis dedos mustios y acartonados.
Al ver, en las pupilas de tus ojos,
dos gotas, del rocío de ellos enamoradas,
suicidándose ante su soledad;
resbalando por tus trémulas mejillas
huérfanas del candor de mi corazón.

No comprendí, abstraído
con la histérica mía desidia,
lo que ahora si entiendo.
Eran las últimas muestras de amor
que de tus ojos ante los míos manifestarías;
cual especie de llamar mi atención,
socorro, deseo cohibido y desazón.

El tiempo con su monótona apatía
sigue su eterno deambular sin pausa,
inmune, imperturbable e inalterable,
a nuestro fijo e inamovible destino
mofándose ante tanto miedo retenido.


Y éste marchito, tembloroso y cobarde
corazón, aprendiz de poeta;
atrapado en su mundo lleno
de melancolía, soledad y silencio,
llorará eternamente vuestra ausencia.

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