en su errante caminar en la vida misma,
va la niña como extraviada y desorientada.
Ya no puede volar aquella bella mariposa
que jugando al juego del amor en su telaraña
quedó para siempre prendida.
Con su triste mirar y la mente absorta y perdida,
tantos recuerdos e imágenes de una vida ya extinta.
Mientras el impasible e inmutable tiempo
en sus carnes va dejando sus cicatrices sin heridas.
Más el dolor de la ausencia sin ausencia del ser amado
deja mayor desvarío que el tiempo y sus secuaces.
Viven bajo el mismo techo, comparten el mismo lecho
y se comportan, a veces, cual dos extraños, hiriéndose
sencillamente utilizando la ausencia de la voz, el silencio.
La monótona rutina va día tras día deteriorando y erosionando,
cualquier indicio de lo que en otro tiempo fue
y de lo que no fue y pudo haber sido.
Lágrimas de miel y hiel resbalan por sus demacradas mejillas
y bajo la apariencia, a ratos, de una mariposa rebosante de alegría
se esconden esos fobias, miedos éticos y morales desmedidos,
tatuados en su mente y cuerpo a fuego y hierro en una infancia
marcada por la miseria, la pobreza y el despotismo,
de una sociedad machista, corrupta y libertina.
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