De vez en cuando, y de
en cuando alguna vez, la voy a visitar a la nunca,
por irónico que parezca,
mejor llamada “ante sala de la muerte”.
Se me hace un nudo en el
estomago y me duele hasta en el alma aceptar
que aquel retal de ser
humano sea la mujer que un día me dio la vida.
Tener la sensación de que
el conjunto de vivencias que un día formaron su mundo
se había hecho añicos y
seguían los trozos atrapados y sin sentido racional,
en el marco imaginario de
un cerebro que se iba apagando por momentos,
con la diferencia de que
no llevaban el orden correspondiente a su lugar de origen.
Una persona llena de
energía, bondad, cariño, amor hacia su familia y semejantes,
dados a espuertas sin
pretender nada a cambio de tal sacrificio silencioso y mudo.
Y la cotidianidad del día
a día se va haciendo una losa cada vez más difícil de soportar,
mientras se ve cual
florero de adorno en un entorno cada vez más frío y deshumanizado.
Ahora postrada en una
silla de ruedas y convertida en una especie de ser vegetal,
se ve a si misma como una
carga para sus seres queridos y llora en silencio.
Para sus adentros pide al
cielo, por si alguien la pudiera escuchar, un poco de compasión;
anhela la paz eterna,
dejar en éste mundo ese inservible cuerpo y volar.
1 comentario:
Dios pone las pruebas mas difíciles a sus soldados mas fuertes.
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